Hispania en el mundo romano

Asignatura: Historia |

La llegada de fenicios y griegos (primer milenio a. d. C.) a las costas mediterráneas peninsulares consolidó el puente entre los dos extremos del Mediterráneo.

El objetivo esencial para los fenicios fue de índole económica: la posesión de la ruta de los metales en general, y particularmente los de la península (oro y plata en Andalucía, cobre en Huelva, estaño y plomo). De esta forma la zona afectada por la colonización fenicia fue el litoral andaluz (Gades, hoy Cádiz; Abdera, actual Adra; Sexi, hoy Almuñécar).

La colonización griega, al tiempo que un intercambio comercial, movilizó grandes masas de gentes, afectando sobre todo al arco septentrional del Mediterráneo occidental y alcanzando la zona catalana (Ampurias, Rosas).

La batalla de Alalia (535 a. d. C.), resultante de la rivalidad griego-cartaginesa, significó el principio de una “thalassocracia” (imperio o dominio sobre el mar) púnica que no se vería seriamente amenazada hasta el siglo III a. d. C., en que por primera vez las tierras peninsulares constituyen unos territorios de luchas entre las grandes potencias del Mediterráneo occidental, cartagineses y romanos.

Comenzando con un ensayo imperialista cartaginés, al final la península se hallará dentro de la órbita de una latinidad que durará siglos, en los que se van a fijar las bases esenciales sobre las que se apoyará el resto del proceso histórico peninsular.

Conquista romana de la península
Roma había mostrado desde antiguo interés por los asuntos peninsulares. Tenía razones estratégicas (posesión del litoral español en la lucha contra Cartago, por el dominio del mar). Económicas (riqueza metalífera de la península, esclavos, aumento de la producción de trigo). Militares (necesidad de hombres que engrosaran los ejércitos).

El año 206 a. d. C. termina la dominación cartaginesa en España y los romanos la organizan como provincia romana dividiéndola el 197 a. d. C. en las provincias Citerior y Ulterior, separando la costa levantina de la andaluza.

La posterior penetración se realizó en dos etapas. La primera duró más de medio siglo, en el que se conquistó la Meseta y el litoral atlántico. Terminó el 133 a. d. C. con la rendición de Numancia. La segunda etapa, un siglo después, fue la conquista de la zona cántabro-astur y vasca, finalizada por Augusto. La victoria final de Agripa sobre cántabros y astures en sus posteriores ofensivas convirtió (en el año 19 a. d. C.) a España en una “provincia pacata” (provincia pacificada).

La conquista de Hispania por Roma duró, así pues, 200 años, más que ningún otro territorio imperial.

Administración de las provincias
Las provincias se dividían en circunscripciones administrativas, ya municipales, ya rurales o judiciales, respetando generalmente los centros y divisiones indígenas (lo que ya existía).

Los gobernadores de las provincias se designaban en Roma mediante sorteo entre los cónsules y pretores. Eran cargos anuales que podían prorrogarse. La rapacidad de la mayoría de los gobernantes dio origen a reclamaciones generales desatendidas por el Senado Romano.

Desde Augusto unas provincias corresponderán al Senado y otras al Emperador. En España era senatorial la Bética. Las otras dos (Tarraconense y Lusitania), imperiales.

La administración financiera correspondía en las senatoriales al cuestor y en las imperiales al procurador.

Finalmente, cada año, se reunían las llamadas asambleas provinciales, primer ensayo de asambleas representativas. La formaban diputados de las ciudades de las provincias. Tras examinar las cuentas y fijar los presupuestos para el culto y conservación del templo imperial, acostumbraban a dar un voto de gracias al gobernador que cesaba en el cargo o a promover una acusación contra él.

La romanización
La conquista de Hispania por las armas, lo fue también en el terreno de la civilización, ideas y costumbres de forma que lo que llamamos “romanización” supone la conversión gradual de los españoles en romanos. No es un fenómeno súbito ya que, en tanto la romanización seguía su curso, coexistían en España el régimen indígena y el romano.

Elementos importantes de romanización son los tratados con las ciudades o tribus que se iban pacificando, pues se hacía con arreglo a principios romanos que fueron aprendidos por los indígenas.

La difusión por territorio español de las legiones romanas, los mismos funcionarios romanos que iban a las provincias o la aparición de ciudades romanas, son otros tantos factores importantes.

La aparición en la Península Ibérica de ciudadanos romanos se hacía por tres caminos:

a)Directamente al fundarse colonias romanas en territorio hispánico.
b)Por la concesión del derecho de ciudadanía.
c)Por la conversión de las ciudades indígenas en municipios romanos, según un proceso evolutivo. Primero, la concesión aislada a ciudades. Luego, Vespasiano, el año 69 a. d. C., concede el Ius Latii a toda la península, y finalmente Caracalla, el año 212, concedió el derecho de ciudadanía a todos los habitantes del Imperio, lo que supuso la consumación del proceso de romanización legal o teórica.

Los núcleos de población
Antes de la llegada de los romanos existían núcleos de población indígena (“civitates”) cuya condición provenía de la resistencia (mayor o menor o nula) que opusieran.

En principio se distinguen dos tipos de ciudades:

a)Estipendiarias: pagaban un canon, casi siempre en especie o en tributo (stipendium), pero conservaban su derecho y organización administrativa. Acuñaban moneda y sus habitantes eran libres y propietarios de sus tierras.

b)Libres: a su vez podían ser federadas o no federadas.
Las primeras eran pocas. Conservaban su organización política o administrativa, pero según el pacto o “foedus” estaban obligados a auxiliar a Roma con ejércitos propios.

Las no federadas estaban en análoga situación político administrativa, no en virtud de un pacto, sino por concesión de Roma. Dentro de ellas, solamente las inmunes estaban exentas de pagar tributos.

Las ciudades propiamente romanas, esto es, las de ciudadanos romanos, podían ser prefecturas (regidas por un prefecto nombrado por Roma), colonias (fundadas en virtud de una ley senatorial popular), y municipios (ciudades que adquirían ese carácter por una concesión legal).

Los habitantes de estas ciudades de tipo romano (municipios) se dividían en libres (ciudadanos, “cives”, domiciliados, “incolae”, y transeúntes) o esclavos.

El Derecho Romano
Papel decisivo en la romanización lo representa el Derecho Romano que vino a ser, respecto a las instituciones jurídicas indígenas, una legislación subsidiaria. Los emperadores romanos se esforzaban por infundir en esas legislaciones locales los principios del Derecho romano. Relativas a España se conocen varias leyes: Ley de Osuna, la de Málaga, referentes a la aplicación del Ius Latii (Derecho Latino) a esas ciudades. La llamada “Lex metalli Vipascensis” tiene el interés de ser una ley modelo que regulaba la explotación de las minas del Imperio.

El sistema de comunicaciones
Todo lo dicho no hubiera sido posible sin la existencia de una red viaria. El Itinerario de Antonino enumera treinta y cuatro vías militares en España en el siglo II d. d. C.; pero sin duda eran muchas más. Su construcción implica profundos conocimientos de ingeniería y topografía como demuestra el hecho de que los principales enlaces entre las poblaciones, a través de la Historia hasta nuestros días, apenas se apartan de estos caminos romanos.

Destaca la vía Hercúlea que, a través de Ampurias, Barcelona, Levante y Sierra de Cazorla llegaba a Granada. En tiempo de Augusto se prolongó hasta Cádiz y se le llamó Augustea. La vía Augusta enlazaba Cádiz y Cartagena con las Galias e Italia.

Otras importantes eran las originadas en Tarraco (Tarragona) o Caesar Augusta (Zaragoza), a su vez con numerosos ramales.

La llamada Vía de la Plata se dirigía a la Bética, desde Astorga (León), por Salamanca y Mérida.

Mérida fue un importante centro de relación entre Norte y Sur. De ella partían vías en dirección a César Augusta, Málaga, Cádiz o Lisboa.

Tarea unificadora
Con todo ello, Roma llevó a cabo una labor unificadora en los pueblos hispánicos. Unificación política bajo la presión de un poder central. Unificación lingüística imponiendo y difundiendo el latín como lengua oficial. Unificación jurídica, sobreponiendo el Derecho Romano a las leyes y costumbres de los pueblos de la península. Unificación religiosa.

Por su parte el mundo rural dejó de ser con los romanos el mundo aislado anterior. Hubo una importante transformación agrícola del país, estableciéndose un panorama de cultivos que no sería modificado en lo sustancial hasta el siglo XVIII (trilogía mediterránea: trigo, olivo, vid). El regadío acabó de consolidar el asentamiento de los pueblos en los lugares más adecuados sirviendo, de este modo, a la obra unificadora.

La crisis del siglo III
El mundo romano sólido, eficaz y relativamente próspero, presenta a mediados del siglo III los primeros síntomas negativos. El fenómeno alcanzó especial gravedad en las provincias hispánicas.

Decaen las ciudades, que ante la falta de la seguridad anterior se rodean de murallas (Barcino, César Augusta…), los cargos municipales dejan de ser un honor. En el aspecto económico, se hunde el comercio de la explotación de pescados que tanto interés había desempeñado.

Pero a las conmociones sufridas hay que añadir un hecho de gran trascendencia: la transformación espiritual que implica la difusión del cristianismo.

El cristianismo
Los orígenes de la difusión del cristianismo en España son confusos. Tradiciones sin confirmación histórica, que se remontan al siglo VII o VIII, hablan de un viaje a España de Santiago el Mayor. También existe la tradición, hoy se cree histórica, de la venida a España de los siete “Varones Apostólicos” que fundaron las primeras sedes episcopales. De todas formas hay testimonios de que el primer evangelizador de la península fue San Pablo en el año 63.

Así, desde el siglo I, el cristianismo se difunde por la península, sobre todo en las zonas más romanizadas, y en el siglo II debían ser bastante las comunidades cristianas existentes. Las persecuciones de mitad del siglo III, primero con Decio, luego con Valeriano; la abundancia de mártires, prueban la extensión geográfica amplia que alcanzaba el cristianismo. La más dura persecución de Diocleciano coincide con la extinción definitiva del paganismo. Los nuevos enemigos de la religión cristiana vendrían de las herejías posteriores: arrianismo, priscilianismo, etc…, que conseguirán, empero, algunos adeptos en la península.

En el siglo IV el cristianismo alcanza grandes estratos sociales y además se poseen documentos directos de gran interés: Concilio en Iliberis (Granada), del año 300 al 314; normas para la vida de los clérigos, etc.). Aparecen potentes personalidades intelectuales (San Paciano, Osio, Juvencio, Prudencio).

Difundido el cristianismo, se organizan algunas diócesis, en los siglos III y IV, como las de Mérida, Sevilla, Toledo…, y al mismo tiempo surgen las iglesias rurales o parroquiales que pronto adquieren un patrimonio propio, e independiente del de las diócesis.

La edad de plata en la cultura hispánica
La península asimiló tan rápidamente la cultura latina que, en la decadencia de Roma, eran los hispanos quienes brillaban por su saber.

Se difundió el latín. Se crearon escuelas de primera enseñanza, secundaria, profesional y también de Retórica. Ello hizo que en el siglo I d. de Cristo los hispánicos fueran los principales cultivadores de la literatura latina.

De la romanizada Bética proceden los dos Sénecas en quienes se dibuja ya el futuro “conceptismo” y “culteranismo” del siglo XVII. En Lucano se da la tendencia realista de la posterior épica española. El geógrafo Pomponio Mela y Columela, tratadista de técnica agrícola, son nuevos ejemplos del genio hispano latino.

Posteriormente se suman aportaciones de tierras celtibéricas o vasconas. Es el caso de Marcial, creador del epigrama, o Quintiliano, jurisconsulto y maestro de Retórica.

Tras el florecimiento literario de Hispania, viene el político. De la Bética (que dio a Roma, con Balbo, su primer cónsul nacido fuera de Italia), procede el primer emperador provincial: Trajano, con quien se acentuó la fuerza de las provincias como organismos actuantes en el mundo romano. También españoles fueron los emperadores Adriano (llamado “Restitutor Hispaniae”) o Marco Aurelio, ya en el año 161, etc.

El arte romano en Hispania
El arte y las obras públicas en Hispania no presenta ninguna originalidad; es el mismo arte de Roma, lo que indica el grado de romanización que la península había alcanzado.

El mismo espíritu práctico de las construcciones civiles y militares se plasma en la arquitectura de esta época en España. Los mismos circos, teatros y anfiteatros (Mérida, Tarragona, Sagunto…), sólo diferentes en dimensiones y capacidad. Los mismos acueductos (Segovia, Tarragona, los de los “Milagros” y de San Lázaro en Mérida). Lo mismo ocurre con los puentes, muchos reconstruidos en la actualidad (el de Córdoba sobre el Guadalquivir, Alcántara sobre el Tajo, Salamanca sobre el Tormes). Las mismas murallas y puertas (recintos de Tarragona, Barcelona, Mérida, Lugo…); los mismos puertos y faros (puerto marítimo de Ampurias y fluvial de Mérida, faro del puerto de La Coruña).

Exactamente igual pasa con las termas (Mérida, Itálica -en Sevilla-…), con los edificios públicos (ruinas en el foro de Augustobriga), con los templos (Vich, Mérida, Évora en Portugal), con los arcos (Bará, el de tres huecos en Medinaceli).

A la semejanza de estilos se une la uniformidad de los materiales y de los procedimientos constructivos.

Por lo que se refiere a las muestras escultóricas, destacan los torsos de Hércules y de Pomona del Museo de Tarragona y, de estilo propiamente romano, la “Diana” procedente de Itálica.

También se conservan muchos mosaicos (Ampurias, Barcelona, Itálica, Zaragoza) y sobresalen los hallados en Ampurias que representan el “sacrificio de Ifigenia” y los del Museo de Barcelona y Gerona, con escenas de circo.

En cuanto a cerámica hispano-romana no difiere de la del resto del Imperio, aunque en algunas zonas persiste el gusto por los viejos estilos ibéricos en las vasijas populares.

 

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Enviado por Julián S. Canseco el 13 enero, 2012. Asignatura Historia. Puedes seguir cualquier aportación hecha por los usuarios a esta entrada mediante RSS 2.0. O dejar tu opinión.

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