Rembrandt

Asignatura: Historia del Arte |

Al contemplar un cuadro de Rembrandt, lo primero que atrae poderosamente la atención es la estupenda manera de utilizar la luz para exaltar las figuras de modo que cobren vida y expresen sus profundos sentimientos al emerger vigorosamente de las sombras. Es esta la contribución fundamental de Rembrandt, el genio más representativo de la pintura holandesa del siglo XVII y uno de los más eminentes de todos los tiempos. Pero también se ha dicho con justicia que es el “eco del alma cristiana moderna” y el pintor capaz de dar una visión real e idealizada de su país y su época.

La Holanda de Rembrandt
Goethe dijo certeramente que el que desee conocer a un poeta debe trasladarse a la patria del poeta. Conviene, pues, conocer cómo era el país en que nació Rembrandt Harmenszoon van Rijn el 15 de julio de 1606. Eran años de lucha en que las provincias del norte combatían contra la dominación española y cuando, tras muchos esfuerzos, organizaron una confederación de ciudades cuya prosperidad se basaba en el comercio y la navegación. Este sistema económico puso el control de la riqueza en una burguesía mercantil, que era la clase dominante. De carácter práctico, muy activos, poco soñadores, los burgueses gustaban de las obras de arte más como una inversión y un adorno para sus casas que por el puro placer estético. Pero como la situación general era buena, los artistas recibían muchos encargos, de modo que participaron activamente en el proceso cultural.

En materia religiosa predominaba el movimiento reformador calvinista, que sostenía que los pintores debían representar la realidad visible y huir de las escenas bíblicas.

Estos factores condicionaron de alguna manera la actividad del artista, quien, sin embargo, con su formidable talento pudo “exponer con lucidez el problema de las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el artista creador y su tiempo, entre el estilo y el tema”.

Luz y sombras en su vida
Rembrandt vivió hasta 1669, es decir, sesenta y tres años, durante los cuales conoció épocas de gloria y de felicidad y otras de profundo dolor, por la muerte de sus seres más queridos, por el quebranto económico y el juicio de sus acreedores y porque parecía que sus obras no satisfacían los cambiantes gustos de la época. Sin embargo, estas luces y sombras de su vida no perturbaron su trabajo. Jamás los acontecimientos exteriores afectaron la calidad ni la cantidad de su producción. Rembrandt continuaba pintando como si lo hiciera para él mismo y para la posteridad con una pasión digna de los que no quieren pasar en vano por este mundo. Cuando el favor lo abandonó, él respondió a las injusticias de la suerte con sus mejores obras. Así, su famoso cuadro ‘Ronda nocturna’ fue pintado el mismo año de la muerte de Saskia, su primera esposa, a la que amaba entrañablemente, y ‘Los síndicos de los pañeros’, veinte años más tarde, cuando fallece su segunda mujer: Hendrickje Stoffels. Sus últimos años fueron realmente tristes, pues murió su hijo Tito, pero él hizo frente a su soledad y siguió buscando en el arte su seguro refugio.

Quinto hijo de un molinero de Leyden (hoy Leiden), Rembrandt se inscribió a los 14 años en la facultad de Letras de la universidad local, pero pronto abandonó esos estudios por su vocación pictórica. Estudió en Leyden con Jacobo Swanenburgh y luego en Ámsterdam con Jan Pipnas y Pieter Lastman. Pero una vez con los rudimentos, él iba a crear su propio estilo y de regreso a Leyden abre un estudio en sociedad con Jan Lievens. Constantijn Huygens, un contemporáneo que los visitó, señaló con asombro el empeño puesto en el trabajo por estos dos maestros “aún imberbes, según sus rostros, y su contextura más cercana a la infancia que a la juventud”.

Fue precisamente Huygens -que era secretario del Estatúder Federico Enrique- el que le encarga varios trabajos que comienzan a cimentar su fama. En 1632, el doctor Nicolás Tulp dicta una lección de anatomía en la corporación de cirujanos de Ámsterdam. Este hecho es pintado por Rembrandt, dando origen al renombrado cuadro.

En 1634 contrae enlace con Saskia: es el momento más feliz en la vida del artista, pues su actividad es muy intensa y sus cuadros muy cotizados. Nacen su hija Titia y su hijo Tito, el único que sobrevivirá. Además, ha adquirido una fabulosa mansión, que no puede pagar por completo. Pero en 1642 fallece Saskia, los acreedores empiezan a reclamar el pago de sus deudas, mientras que sus cuadros ya no son tan solicitados.

Hacia 1650, cuando su ruina es completa, conoce a Hendrickje Stoffels, que será su fiel compañera. Ella y su hijo Tito tratarán de salvarlo del desastre económico, pero el artista es declarado insolvente y sus bienes, que había reunido con verdadero entusiasmo, son rematados. En 1661 muere Hendrickje y en 1668, Tito. Pero así como en sus cuadros la figura surge de las sombras, así también la obra de Rembrandt resplandeció tras el momentáneo ocaso.

Uno de los mayores aportes de Rembrandt fue la adquisición de la luz en función constructiva de la composición. Por su parte, los numerosos autorretratos de Rembrandt son un fiel reflejo de su existencia. Pero no es por vanidad que se representa con frecuencia: sus retratos son la visión interior de su alma, que adquiere en sus últimos años profunda resignación y sabiduría.

Las pinturas religiosas
Los más renombrados críticos han denominado a Rembrandt como “el eco del alma cristiana moderna”, del alma liberada de las trabas de los dogmas medievales. La curiosidad experimental es el móvil de todas las obras que distinguen al hombre moderno, y esa misma curiosidad, esa necesidad de encontrar nuevos caminos, es la que guió a Rembrandt. Era miembro de la Iglesia reformada y tuvo relación con los menonitas, secta holandesa fundada por Menno Simonis en el siglo XVI.

Si se examinan sus seiscientos cuadros, trescientos aguafuertes y doscientos dibujos, se advierte que la mayoría son temas bíblicos y, en segundo lugar, retratos. Sin embargo, la pintura religiosa no era popular en Holanda, ya que la doctrina reformada sostenía que los pintores debían representar la realidad visible y no tocar temas bíblicos.

Pero Rembrandt es un pintor religioso que trabaja para sí mismo.

Cuando lo hace por encargo parece ocuparse poco de las sugerencias de la clientela. Esto es evidente a mediados de su carrera entre 1640 y 1660; después, más filósofo y resignado, supo adaptar las ideas artísticas al deseo de los clientes, pero siempre transigió muy poco con el gusto del público. En esto se manifiesta el hombre moderno, liberado de los lazos medievales que lo hacían dependiente de la sociedad, las corporaciones cívicas, la tradición y la fe. Esta actitud del artista no es exceso de individualismo, sino convicción profunda del hombre que se sabe responsable ante sí y ante Dios.

 

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Enviado por Manuel García F. el 9 octubre, 2011. Asignatura Historia del Arte. Puedes seguir cualquier aportación hecha por los usuarios a esta entrada mediante RSS 2.0. O dejar tu opinión.

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